jueves, 25 de octubre de 2012

Marcha contra el Matrimonio Igualitario


El 13 de julio de 2010 se realizó una marcha contra el matrimonio igualitario que convocó a miles de personas (los diarios informaron cifras disímiles que fueron desde 5000 a 50000). La cita fue a las 18:30 en la plaza de los dos Congresos y estuvo organizada por el Departamento de Laicos de la Conferencia Episcopal Argentina (DEPLAI), la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas (ACIERA), la Federación Confraternidad Evangélica Pentecostal (FECEP) y familias autoconvocadas. Además, contó con representantes de comunidades judías y musulmanas.

Todos los manifestantes se identificaron con ornamentos, pancartas, distintivos y vinchas anaranjados; color que unificó al público asistente. Entre los carteles que se exhibieron se podían ver leyendas como: “En defensa de la familia”, “Los chicos tenemos derecho a mamá y papá”, “Familia = Papá + Mamá”, “Vivamos de acuerdo al sexo que Dios nos dio”. También hubo remeras con inscripciones: “Madre hay una sola, padre también” y “Ser familia vale la pena”.

El fin de semana previo a la movilización se leyó en todas las parroquias de Capital Federal, al final de las misas, la declaración del Episcopado “Sobre el bien inalterable del matrimonio y la familia”, en la que se expresaba el rechazo al proyecto del matrimonio homosexual. Así lo solicitó el arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Bergoglio, a todos los sacerdotes porteños, a quienes les pidió también que faciliten la concurrencia de sus fieles a la marcha.

En esta misma línea, instituciones educativas católicas modificaron sus actividades para favorecer la asistencia. El decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Católica de La Plata, Hernán Mathieu, resolvió no computar la inasistencia de aquellos que quisieran participar de la movilización.  En la Universidad Austral se resolvió declarar un asueto a partir de las 17:30 para permitir a todos los alumnos y personal administrativo partir con anticipación hacia el Congreso. “El matrimonio gay es una  falta de respeto para los católicos. Si quieren estar juntos todo bien, pero que no se muestren”, comentó Eliana Sorof, de 15 años, del colegio San Vicente de La Plata, quien tuvo justificada la falta de ese día y el anterior.

La consigna principal de la marcha fue: “Los niños tienen derecho a una mamá y a un papá. Sí al matrimonio entre varón y mujer”. “No estamos en contra de ninguna comunidad, pero queremos ser claros: el matrimonio es entre un hombre y una mujer y los derechos de los niños –a tener padre y madre- no pueden ser violentados”, explicó uno de los organizadores. Y agregó que el proyecto de matrimonio gay es “totalitario” porque plantea “todo o nada” y “no deja la posibilidad de debatir qué está bien y qué está mal”.

Junto con la movilización se inició una campaña de concientización por el “voto responsable”, que consistió en darle apoyo a los políticos que “promuevan el matrimonio, la familia y la vida humana, así como la inclusión social y la educación para todos”. La idea apuntaba a persuadir a los senadores que debían votar la media sanción que faltaba de la ley que ya había sido aprobada por la Cámara de Diputados. Al respecto, un manifestante declaró: “Si la aprueban deberán darle explicaciones a sus electores, ¿cómo volverán a sus provincias?, y ¿qué le dirán a sus nietos   cuando les pidan explicaciones? Olvidan lo que manda el mismo Dios que está en el Preámbulo de nuestra Constitución”.

Durante el acto se leyó una carta del cardenal Bergoglio en la cual manifestaba que “no es lo mismo prepararse para desplegar  un proyecto de familia que convivir con una persona del mismo sexo. Tengamos cuidado en no dejar el prioritario derecho de los niños, que deben ser los únicos privilegiados”.

Los diarios recogieron otros testimonios como el de Arturo, perito naval de 67 años, que dijo: “Venimos a defender a la familia, a que los hijos adoptivos se desarrollen en un ámbito natural”. O el de Victoria Tonelli de 29 años, estudiante de la Universidad Austral, que declaró que “creeemos que la familia es una institución natural, no cultural”.

 Matrimonio y algo más

Friedrich Nietzsche, en La genealogía de la moral, escribe: “Necesitamos una crítica de los valores morales, hay que poner alguna vez en entredicho el valor mismo de esos valores, y para esto se necesita tener conocimiento de las condiciones y circunstancias en las que aquellos surgieron, en las que se desarrollaron y modificaron. Se tomaba el valor de esos valores como algo dado, real y efectivo, situado más allá de toda duda”.

En la Declaración de la asamblea plenaria del Episcopado, Sobre el bien inalterable del Matrimonio y la Familia, se habla en estos términos: “El ser humano ha sido creado a imagen de Dios. Esta imagen se refleja no sólo en la persona individual, sino que se proyecta en la complementariedad y reciprocidad del varón y la mujer, en la común dignidad, y en la unidad indisoluble de los dos, llamada desde siempre matrimonio. El matrimonio es la forma de vida en la que se realiza una comunión singular de personas, y ella otorga sentido plenamente humano al ejercicio de la función sexual. A la naturaleza misma del matrimonio pertenecen las cualidades mencionadas de distinción, complementariedad y reciprocidad de los sexos. El matrimonio es un don de la creación”.

Pero esta concepción del matrimonio es católica y está ligada a lo que se considera un sacramento. La Iglesia católica se basa en el libro del Génesis, por el cual, el matrimonio se considera proveniente de la misma naturaleza humana que se da en la creación: “Dios los creó hombre y mujer”. En este sentido, el matrimonio se convierte en una institución que no es cultural, sino natural.

Hablar del matrimonio en estos términos es desconocer la diversidad cultural y echar por tierra los estudios psicológicos y antropológicos que se han realizado a lo largo de la historia. En otro fragmento de la declaración del Episcopado se puede leer: “La unión de las personas del mismo sexo carece de los elementos biológicos y antropológicos propios del matrimonio y de la familia”. Con el sesgo biologisista, la Iglesia pretende justificar que el niño necesita una mamá (mujer) y un papá (hombre) para su normal desarrollo. Afirmar esto es desconocer los avances del psicoanálisis con respecto a las funciones paterna y materna: todos conocemos mujeres papás y hombres mamás. No se puede reducir las funciones dentro de la familia a una determinación biológica, sino que hay que entender que las funciones parentales exceden lo sexual. Y, ¿cuáles son los elementos antropológicos propios del matrimonio y la familia? Las investigaciones de Lévi-Strauss sobre el parentesco y los trabajos de campo de Bronislaw Malinowski en pequeñas comunidades, han obtenido resultados que hablan de la complejidad del concepto “familia”. Las uniones pueden ser muy diversas y las relaciones de parentesco variar de comunidad en comunidad. Actualmente, no se puede desconocer la existencia de matrimonios polígamos, familias con una estructura matriarcal, familias extensas, monoparentales, homoparentales o ensambladas. La concepción de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia supone naturalizar un saber exclusivamente occidental; la familia nuclear (padre, madre y descendencia): “No hay una realidad análoga que se le pueda igualar. No es una unión cualquiera entre personas; tiene características propias e irrenunciables, que hacen del matrimonio la base de la familia y de la sociedad. Así fue reconocido en las grandes culturas del mundo”, dice en Sobre el bien inalterable…

La Iglesia dispone, el sujeto supone

“¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal”, manifiesta  Nietszche en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral.

Los estandartes levantados en la marcha, como “En defensa de la familia”, “Los chicos tenemos derecho a mamá y papá”, “Familia = Papá + Mamá”, “Vivamos de acuerdo al sexo que Dios nos dio”, “Madre hay una sola, padre también”, “Ser familia vale la pena”y “Los niños tienen derecho a una mamá y a un papá. Sí al matrimonio entre varón y mujer” son verdades producidas dentro de la institución Iglesia. “La verdad ha de ser entendida como un sistema ordenado de procedimientos para la producción, regulación, distribución, circulación y operación de juicios. La verdad está vinculada en una relación circular con sistemas de poder que la producen y mantienen”, dice Michel Foucault. En este sentido, el poder se ejerce por la producción del saber, de la verdad organizada en los discursos.

La Iglesia Católica no sólo produce discursos, sino que los instala como verdaderos. La Declaración sobre el bien inalterable del matrimonio y la familia es un claro ejemplo de ese procedimiento. Y la forma de hacerlo circular también es reveladora: el cardenal Bergoglio instó a leerla en todas las misas previas a la manifestación. Sin embargo, este discurso no mostraba nada nuevo, sino que ordenaba las verdades que la Iglesia ha naturalizado a lo largo de la historia a través de sus prácticas, sus rituales y la participación en la escuela.

Foucault señala: “Lo que hace que el poder se sostenga, que sea aceptado, es sencillamente que no pesa sólo como potencia que dice no, sino que cala de hecho, produce cosas, induce placer, forma saber, produce discursos; hay que considerarlo como una red productiva que pasa a través de todo el cuerpo social en lugar de como una instancia negativa que tiene como función reprimir”. El poder produce sujetos, produce la sujeción de individuos a un saber. La Iglesia lo hace con sus fieles al extender su “saber” a planos que van más allá de la creencia religiosa; hace del dogma religioso un dogma social: “Apelamos a la conciencia de nuestros legisladores para que, al decidir sobre una cuestión de tanta gravedad, tengan en cuenta estas verdades fundamentales, para el bien de la Patria y de sus futuras generaciones”.

Todos los manifestantes que asistieron a la marcha contra el Matrimonio Igualitario respondían a una realidad creada por la Iglesia: los rituales de esta institución, entre ellos el matrimonio, son mecanismos que generan la creencia. Es coherente que los sujetos que estaban en la plaza se manifestaran a favor de aquello que ha constituido su creencia interna. Pero estas creencias se corresponden a dogmas religiosos y deben ser privativos de los que practican ese credo y no ser impuestos a una sociedad no confesional.

En el punto 3 de la Declaración Episcopal se manifiesta que “corresponde a la autoridad pública tutelar el matrimonio entre el varón y la mujer con la protección de las leyes, para asegurar y favorecer su función irremplazable y su contribución al bien común de la sociedad”. Es función de la autoridad pública no hacer oídos sordos a las nuevas necesidades que surgen del entramado social y responder a las obligaciones de otorgar igualdad de derechos a personas que sólo son diferentes en construcciones ideológicas, edificadas sobre interpretaciones de aquello que ha sido naturalizado: la versión cristiana del sujeto.