El 13 de julio
de 2010 se realizó una marcha contra el matrimonio igualitario que convocó a
miles de personas (los diarios informaron cifras disímiles que fueron desde 5000
a 50000). La cita fue a las 18:30 en la plaza de los dos Congresos y estuvo
organizada por el Departamento de Laicos de la Conferencia Episcopal Argentina
(DEPLAI), la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas (ACIERA), la Federación
Confraternidad Evangélica Pentecostal (FECEP) y familias autoconvocadas.
Además, contó con representantes de comunidades judías y musulmanas.
Todos los
manifestantes se identificaron con ornamentos, pancartas, distintivos y vinchas
anaranjados; color que unificó al público asistente. Entre los carteles que se
exhibieron se podían ver leyendas como: “En defensa de la familia”, “Los chicos
tenemos derecho a mamá y papá”, “Familia = Papá + Mamá”, “Vivamos de acuerdo al
sexo que Dios nos dio”. También hubo remeras con inscripciones: “Madre hay una
sola, padre también” y “Ser familia vale la pena”.
El fin de semana
previo a la movilización se leyó en todas las parroquias de Capital Federal, al
final de las misas, la declaración del Episcopado “Sobre el bien inalterable
del matrimonio y la familia”, en la que se expresaba el rechazo al proyecto del
matrimonio homosexual. Así lo solicitó el arzobispo de Buenos Aires, cardenal
Jorge Bergoglio, a todos los sacerdotes porteños, a quienes les pidió también
que faciliten la concurrencia de sus fieles a la marcha.
En esta misma
línea, instituciones educativas católicas modificaron sus actividades para
favorecer la asistencia. El decano de la Facultad de Derecho de la Universidad
Católica de La Plata, Hernán Mathieu, resolvió no computar la inasistencia de
aquellos que quisieran participar de la movilización. En la Universidad Austral se resolvió
declarar un asueto a partir de las 17:30 para permitir a todos los alumnos y
personal administrativo partir con anticipación hacia el Congreso. “El
matrimonio gay es una falta de respeto
para los católicos. Si quieren estar juntos todo bien, pero que no se
muestren”, comentó Eliana Sorof, de 15 años, del colegio San Vicente de La
Plata, quien tuvo justificada la falta de ese día y el anterior.
La consigna
principal de la marcha fue: “Los niños tienen derecho a una mamá y a un papá.
Sí al matrimonio entre varón y mujer”. “No estamos en contra de ninguna
comunidad, pero queremos ser claros: el matrimonio es entre un hombre y una
mujer y los derechos de los niños –a tener padre y madre- no pueden ser
violentados”, explicó uno de los organizadores. Y agregó que el proyecto de
matrimonio gay es “totalitario” porque plantea “todo o nada” y “no deja la
posibilidad de debatir qué está bien y qué está mal”.
Junto con la
movilización se inició una campaña de concientización por el “voto
responsable”, que consistió en darle apoyo a los políticos que “promuevan el
matrimonio, la familia y la vida humana, así como la inclusión social y la
educación para todos”. La idea apuntaba a persuadir a los senadores que debían
votar la media sanción que faltaba de la ley que ya había sido aprobada por la
Cámara de Diputados. Al respecto, un manifestante declaró: “Si la aprueban
deberán darle explicaciones a sus electores, ¿cómo volverán a sus provincias?,
y ¿qué le dirán a sus nietos cuando les pidan explicaciones? Olvidan lo que
manda el mismo Dios que está en el Preámbulo de nuestra Constitución”.
Durante el acto
se leyó una carta del cardenal Bergoglio en la cual manifestaba que “no es lo
mismo prepararse para desplegar un
proyecto de familia que convivir con una persona del mismo sexo. Tengamos
cuidado en no dejar el prioritario derecho de los niños, que deben ser los
únicos privilegiados”.
Los diarios
recogieron otros testimonios como el de Arturo, perito naval de 67 años, que
dijo: “Venimos a defender a la familia, a que los hijos adoptivos se
desarrollen en un ámbito natural”. O el de Victoria Tonelli de 29 años,
estudiante de la Universidad Austral, que declaró que “creeemos que la familia
es una institución natural, no cultural”.
Matrimonio y algo más
Friedrich
Nietzsche, en La genealogía de la moral,
escribe: “Necesitamos una crítica de los valores morales, hay que poner alguna
vez en entredicho el valor mismo de esos valores, y para esto se necesita tener
conocimiento de las condiciones y circunstancias en las que aquellos surgieron,
en las que se desarrollaron y modificaron. Se tomaba el valor de esos valores
como algo dado, real y efectivo, situado más allá de toda duda”.
En la
Declaración de la asamblea plenaria del Episcopado, Sobre el bien inalterable del
Matrimonio y la Familia, se habla en estos términos: “El ser humano ha sido
creado a imagen de Dios. Esta imagen se refleja no sólo en la persona
individual, sino que se proyecta en la complementariedad y reciprocidad del
varón y la mujer, en la común dignidad, y en la unidad indisoluble de los dos,
llamada desde siempre matrimonio. El matrimonio es la forma de vida en la que
se realiza una comunión singular de personas, y ella otorga sentido plenamente
humano al ejercicio de la función sexual. A la naturaleza misma del matrimonio
pertenecen las cualidades mencionadas de distinción, complementariedad y
reciprocidad de los sexos. El matrimonio es un don de la creación”.
Pero esta
concepción del matrimonio es católica y está ligada a lo que se considera un
sacramento. La Iglesia católica se basa en el libro del Génesis, por el cual,
el matrimonio se considera proveniente de la misma naturaleza humana que se da
en la creación: “Dios los creó hombre y mujer”. En este sentido, el matrimonio
se convierte en una institución que no es cultural, sino natural.
Hablar del
matrimonio en estos términos es desconocer la diversidad cultural y echar por
tierra los estudios psicológicos y antropológicos que se han realizado a lo
largo de la historia. En otro fragmento de la declaración del Episcopado se
puede leer: “La unión de las personas del mismo sexo carece de los elementos
biológicos y antropológicos propios del matrimonio y de la familia”. Con el
sesgo biologisista, la Iglesia pretende justificar que el niño necesita una
mamá (mujer) y un papá (hombre) para su normal desarrollo. Afirmar esto es
desconocer los avances del psicoanálisis con respecto a las funciones paterna y
materna: todos conocemos mujeres papás y hombres mamás. No se puede reducir las
funciones dentro de la familia a una determinación biológica, sino que hay que
entender que las funciones parentales exceden lo sexual. Y, ¿cuáles son los
elementos antropológicos propios del matrimonio y la familia? Las
investigaciones de Lévi-Strauss sobre el parentesco y los trabajos de campo de
Bronislaw Malinowski en pequeñas comunidades, han obtenido resultados que
hablan de la complejidad del concepto “familia”. Las uniones pueden ser muy
diversas y las relaciones de parentesco variar de comunidad en comunidad. Actualmente,
no se puede desconocer la existencia de matrimonios polígamos, familias con una
estructura matriarcal, familias extensas, monoparentales, homoparentales o
ensambladas. La concepción de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia
supone naturalizar un saber exclusivamente occidental; la familia nuclear
(padre, madre y descendencia): “No hay una realidad análoga que se le pueda
igualar. No es una unión cualquiera entre personas; tiene características
propias e irrenunciables, que hacen del matrimonio la base de la familia y de
la sociedad. Así fue reconocido en las grandes culturas del mundo”, dice en Sobre el bien inalterable…
La Iglesia dispone, el sujeto supone
“¿Qué es
entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias,
antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han
sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después
de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las
verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se
han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su
troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal”,
manifiesta Nietszche en Sobre verdad y mentira en sentido
extramoral.
Los estandartes
levantados en la marcha, como “En defensa de la familia”, “Los chicos tenemos
derecho a mamá y papá”, “Familia = Papá + Mamá”, “Vivamos de acuerdo al sexo
que Dios nos dio”, “Madre hay una sola, padre también”, “Ser familia vale la
pena”y “Los niños tienen derecho a una mamá y a un papá. Sí al matrimonio entre
varón y mujer” son verdades producidas dentro de la institución Iglesia. “La verdad
ha de ser entendida como un sistema ordenado de procedimientos para la
producción, regulación, distribución, circulación y operación de juicios. La
verdad está vinculada en una relación circular con sistemas de poder que la
producen y mantienen”, dice Michel Foucault. En este sentido, el poder se
ejerce por la producción del saber, de la verdad organizada en los discursos.
La Iglesia
Católica no sólo produce discursos, sino que los instala como verdaderos. La Declaración sobre el bien inalterable del matrimonio
y la familia es un claro ejemplo de ese procedimiento. Y la forma de
hacerlo circular también es reveladora: el cardenal Bergoglio instó a leerla en
todas las misas previas a la manifestación. Sin embargo, este discurso no
mostraba nada nuevo, sino que ordenaba las verdades que la Iglesia ha
naturalizado a lo largo de la historia a través de sus prácticas, sus rituales
y la participación en la escuela.
Foucault señala:
“Lo que hace que el poder se sostenga, que sea aceptado, es sencillamente que no
pesa sólo como potencia que dice no, sino que cala de hecho, produce cosas,
induce placer, forma saber, produce discursos; hay que considerarlo como una
red productiva que pasa a través de todo el cuerpo social en lugar de como una
instancia negativa que tiene como función reprimir”. El poder produce sujetos,
produce la sujeción de individuos a un saber. La Iglesia lo hace con sus fieles
al extender su “saber” a planos que van más allá de la creencia religiosa; hace
del dogma religioso un dogma social: “Apelamos a la conciencia de nuestros
legisladores para que, al decidir sobre una cuestión de tanta gravedad, tengan
en cuenta estas verdades fundamentales, para el bien de la Patria y de sus
futuras generaciones”.
Todos los
manifestantes que asistieron a la marcha contra el Matrimonio Igualitario
respondían a una realidad creada por la Iglesia: los rituales de esta
institución, entre ellos el matrimonio, son mecanismos que generan la creencia.
Es coherente que los sujetos que estaban en la plaza se manifestaran a favor de
aquello que ha constituido su creencia interna. Pero estas creencias se
corresponden a dogmas religiosos y deben ser privativos de los que practican
ese credo y no ser impuestos a una sociedad no confesional.
En el punto 3 de
la Declaración Episcopal se manifiesta que “corresponde a la autoridad pública
tutelar el matrimonio entre el varón y la mujer con la protección de las leyes,
para asegurar y favorecer su función irremplazable y su contribución al bien
común de la sociedad”. Es función de la autoridad pública no hacer oídos sordos
a las nuevas necesidades que surgen del entramado social y responder a las
obligaciones de otorgar igualdad de derechos a personas que sólo son diferentes
en construcciones ideológicas, edificadas sobre interpretaciones de aquello que
ha sido naturalizado: la versión cristiana del sujeto.